‘Piropos’

Nosotrxs no diferenciamos entre acoso verbal callejero (“piropo”) positivo o negativo.

Entendemos que por más de que no sea necesariamente grosero, el acoso callejero
es siempre indeseado y lo rechazamos. ¿Por qué? Porque el piropo (palabra que
preferimos no usar porque tiene una connotación positiva) como expresión es, para
nosotrxs, siempre indeseado. Es una manifestación unilateral de deseo, de intención,
de juzgamiento, de valoración que no pedimos ni nos interesa.

 

Esta unilateralidad que caracteriza al piropo justamente es lo que lo vuelve
avasallante, intrusivo. El piropo busca interrumpir el andar normal al cual toda persona
tiene derecho en la vía pública y descolocar a su destinatarix. Cuando se dice un
piropo, no se busca una respuesta, no se pretende interactuar con la persona a la cual
va referido. Es simplemente una expresión de lo que el locutor opina.
¿Y por qué es tan grave?, muchos se preguntan. Es grave porque reproduce una
violencia de género que se traduce en el hombre sintiendo que el cuerpo de la mujer
es propiedad suya y de toda la sociedad como instrumento sobre el cual cualquiera
tiene derechos: derecho a opinar, a juzgar, y hasta a tocar. Esto significa una
cosificación de la mujer y algo tan privado y fundamental como es su propio cuerpo.

 

Es la manifestación del derecho del cual el hombre no sólo se siente, sino que SE SABE
propietario: el de juzgar y comentar sobre las características de una mujer. Como si su
persona no fuese suya, sino de toda la sociedad para opinar.
Otro de los objetivos subyacentes del piropo es el de excluir a la mujer de los espacios
públicos, porque se produce una apropiación del mismo en cuanto la mujer lo deja de
sentir como un lugar seguro al no poder transitar tranquila.

 

Así, se violan los derechos más básicos de una persona: el de frecuentar espacios
públicos, el de la integridad física y psíquica.
Esto se manifiesta de modos diversos según la mujer y según las experiencias, pero
se traduce en inseguridades que resultan en que ellas cambien sus vidas y sus rutinas
como consecuencia única y directa de estos acosos: muchas modifican sus recorridos
rutinarios para evitar ciertos lugares, cruzarse con ciertas personas, se privan de salir
en ciertos horarios, tienen problemas de postura por andar encorvadas para esconder
sus atributos y así ahorrarse los comentarios de quien se sienta dueño de opinar sobre
ellos, van por la calle con cara de enojadas y frunciendo el ceño para que ninguno
confunda sus expresiones de felicidad con una invitación a lo que sea, etc.

 

El mensaje que mandamos a la sociedad al convalidar e incentivar el acoso callejero
es que el cuerpo de una mujer no es suyo, no le pertenece, sino que es propiedad
pública que existe para el disfrute de los demás. Y eso es raíz de otros problemas aún
más peligrosos: quien se siente con derecho sobre el cuerpo de otra persona para
comentar, también puede sentirse con derecho a tocar, y a forzar, y a abusar…y a
matar.

 

Es por eso que desde Atrévete defendemos el derecho a las mujeres a la igualdad, a la
decencia de trato, al respeto, al derecho de vivir tranquilas y sin sentirnos amenazadas
por nadie, y menos que menos por el simple hecho de circular en espacios públicos.
Defendemos el derecho de todas y de todos a sentirse dueños de sí mismos y no tener
que lidiar con el acoso diariamente. Pretendemos que nos traten como personas y
no como cosas, por eso repetimos: “No quiero tu piropo, quiero tu respeto”

 

 

 

Por Ju Santarosa

 

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